miércoles, 30 de diciembre de 2015

Reivindicación romántica de Irueña

 

Amar la Historia es amar la tierra, amar la Historia es amar al hombre. Estudiar la vinculación del hombre con la tierra, tratar de comprender esa unión para, tras compararla con nuestras formas de habitar, aprender.


Es indudable el componente misterioso de las ruinas de pueblos del pasado, nunca tan puesto de manifiesto como a través de la reivindicación de los románticos del Siglo XVIII; la ruina como huella del pasado valiosa en sí misma.

Recorriendo los restos del castro de Irueña el pasado domingo, pensaba que pocos lugares mejores para entender las señas de identidad románticas.


Su exaltación de la naturaleza, aquí fácil por su emplazamiento privilegiado e imponente, el del mágico robledal allá en lo alto, junto al cortado vertical. Es asomarse al río, contemplar las montañas a lo lejos y pensar en el cuadro del Caspar David Friedich, “El caminante sobre el mar de nubes”.

Porque esa tierra solo nos muestra algo de lo que esconde. Restos que son el fruto del esfuerzo de un humanista, de un hombre de otros tiempos, Don Domingo Sánchez Sánchez, que  entre 1933 y 1935, con su descubrimiento, casi aumentó el enigma y provocó seguro mayor ansia de saber, creando esas zonas donde se mezcla la luz y la sombra, la realidad y la fantasía.


La realidad de lo que tenemos entre manos: una muralla con un perímetro de casi dos kilómetros y catorce hectáreas de superficie (cuatro tiene el castro de Yecla de Yeltes, para hacerse una idea), con un largo recorrido de siglos que conducen a unas gentes, los vettones, antes de la llegada de Roma. Después a estos mismos hombres y mujeres sometidos al orden romano, clave de su pervivencia, que aún hoy nos alcanza en tantas instituciones y forma de pensar, para acabar en la Edad Media con su abandono y desaparición completa del núcleo bajo tierra, enlazando con otro componente romántico, el del drama.

La fantasía también, en forma de las hipótesis del sabio, en forma de la tradición y creencia popular, casi ninguna corroborada realmente, tirando de lo que tenemos: figuras de animales, restos de enterramientos o piezas de edificios, vimos y vemos un tesoro, un ídolo, un horno, una vía o un templo.

Antes o después se sabrá o, al menos, sabremos más. Ahí aguarda, en paz, bajo tierra, a que una generación se decida o pueda con la empresa, para así seguir colocando eslabones y piezas en esa larga cadena que seguimos construyendo día a día, la del Volksgeist alemán, la del espíritu del pueblo. 

La recién nacida asociación de Amigos del Castro de Irueña es lo que persigue, el pago de esa deuda que antes o después será saldada, la de entender lo que somos, la procedencia de nuestra identidad.

lunes, 2 de noviembre de 2015

El prodigio de Siega Verde




Creemos que sabemos mucho más que ellos, pero a fin de cuentas, ¿qué sabemos?


Tras nuestra ilusión, somos  seres atemorizados por lo que nos rodea,  sea el otro o lo otro, por nuestro futuro o sentido. Basta que la naturaleza  sacuda ligeramente el lomo, asomando  por una rendija algo de su terrible fuerza, para hacer estallar nuestras ingenuas y frágiles convicciones y seguridades.


Ellos sabían de su debilidad bajo el peso de una sola ley: la de la intemperie, la que les exigía luchar cada día por el siguiente amanecer. Nosotros, hechos a un medio confortable, ni siquiera somos capaces de vislumbrar qué sería vivir en uno esencialmente hostil. Aunque, honestamente pensado,  para ello parece que no sería necesario viajar miles de años, sino que serían suficientes unos miles de kilómetros, bastaría ir poco más allá del Mediterráneo.


Al final, antes o después, todos perecemos, pero algo queda: el relato. 


El hombre se expresa, esa facultad propiamente humana, la de contar historias. El hombre cuenta, cada uno a su manera: en la barra de un bar, en la mesa con la familia, en aulas, frente a micrófonos, escribiendo, o incluso nos contamos mentalmente a nosotros mismos mientras los personajes e historias de páginas leídas empapan nuestro interior.


Ellos, nuestros antepasados, nuestros vecinos de Siega Verde, contaban lo mismo que nosotros a su gente, pero no conocemos con certeza el significado de sus voces construidas en desvaídos trazos sobre piedras. Esas voces atravesaron más de diez mil años para seguir sonando claramente junto a nuestro oído. 


Ahora lo llamamos arte, aunque no conozco una definición que yo acepte sin reservas. El arte es ponerle nombre a no se sabe bien el qué, un conectar con ese fondo irracional que,  por mucho que reneguemos, albergamos en nuestro interior. No sabemos si aquellos hombres invocaban, si simplemente decoraban, si agradecían, si relataban.


Pero no es importante. Uno de nuestros artes preferidos hoy, la música, es, por principio, abstracto. Es el receptor el que ha de dotarla de un significado propio, tratar de ver con sus ojos tras la tramoya, construir con sus propias imágenes. Me basta colocarme frente a sus láminas de piedra y creer escuchar el piqueteado del artista para construir su mundo a través del mío.


Pizarras verticales al aire  a modo de lienzos en salas de exposición del que seguro era su hogar durante  las estaciones más clementes. En un tiempo seco en el que incluso el río podría llegar a secarse, disponían de un valle encajonado propicio para su principal fin en la existencia: conseguir alimento. Cobijo que además podía ser una enorme trampa para sus presas.


Suerte para nosotros que el prodigio se encuentre tan cerca de  nuestra ciudad. Suerte que, por una vez, se pueda poner puertas al campo, dado lo concentrado y reducido de su extensión, que el puente sobre el Águeda sirva de marco para un inusitado museo con horas de apertura y cierre. Suerte  que esas pinturas permanecieran protegidas por musgos y líquenes en brillantes piedras pulidas por el tiempo. Suerte que ahora sea tan accesible, cuando esa accesibilidad bien pudo ser condena en lugar de bendición.


De pulsiones humanas hablaba al comienzo, la de contar. También otras menos entendibles, aunque aún más demostrables, la de destruir, la de devastar. Fue enterarse que allí había algo valioso, y la mano del agresor acudió presta para desbaratar aquellos dibujos que se creían  de pastores en los años cuarenta, pero que, en realidad, eran de mucho tiempo antes de que se guiaran animales tranquilos y con gacha cerviz.


Tal que si la historia del planeta o de la misma humanidad nos pusiera en nuestro lugar o nos golpeara con nuestra importancia real, como si el transcurso de siglos se acelerara hasta perder interés, como si fuera poco más que un súbito abrir y cerrar  puertas,  se escucha el rumor de un río atravesando el tiempo y susurrándonos: soy el mismo pero no soy el mismo. 


Escenas de animales diseminados o arremolinados,  caballos, ciervos o uros,  a veces creados en distintas épocas por distintos artistas, notándose, lo mismo que en un iglesia o en un coro, quién era mejor, qué era el talento, qué el oficio. Sencillos detalles que seguro también admiraron a sus coetáneos, detalles que nos hacen asentir sonriendo en silencio en señal de reconocimiento:  el hocico, la doble crin, el despiece ventral para indicar el distinto color de esa parte del animal, la búsqueda de la perspectiva o el movimiento.


O ese giro de cabeza del ciervo, el logo del parque,  como si de una fotografía se tratara, como si el animal estuviera algo sorprendido de que a estas alturas, en el siglo XXI, después de miles de años olvidados y ocultos a la vista, sin que nadie volviera a reparar en ellos, ahora, de nuevo, los visiten más ojos que nunca, que hasta vienen de noche, ya que alguno de sus congéneres solo se deja ver en la oscuridad. Si no será este salto en el tiempo la quintaesencia de la  ansiada inmortalidad del artista. 


Aparte de animales, otros dibujos, signos y trazos cuyo significado se nos escapa, que nos hacen teorizar y elucubrar sobre su posición u orientación, suponer e investigar y, al fin, volver otra vez.  Porque no nos queda otra que regresar y tratar de comprender su forma de enfrentarse al existir, porque seguro que no estaba tan alejada de la nuestra, porque seguro aprenderemos. Acercarse a través del tiempo no es tan difícil, más cuando disponemos de ese privilegio en la puerta de nuestra casa.


Y es que ellos eran nosotros.

domingo, 27 de septiembre de 2015

La chiflanópolis o el tratado del pedo o el pearse


Entre las aficiones preferidas de Abril se encuentra la de sacar los libros de las estanterías y tirarlos por el suelo. Así fue como descubrí un pequeño libro de Susana que me llamó la atención: "La Chiflanópolis de Ciudad Rodrigo o ventosa mirobrigense" de Lorenzo Cid Bravo, "El cura Cid" (1876). Edición preparada y prologada por un pariente lejano del autor -sobrino era su bisabuelo-, nuestro afamado José Ramón Cid Cebrián, que primeramente nos presenta al "Cura Cid", el cual más parece personaje literario que real, ya que, aunque efectivamente era cura de profesión, más cuestionable era lo de la vocación, debido a su terca inclinación al vicio y la vida mundana, motivo de continuas reprensiones de sus superiores. Personalidad que también se pone de manifiesto a través de sus aficiones literias, en escritos y versos brillantes, muestra de agilidad, gracia y talento, puesta al servicio de un peculiar el tema, eso sí, el del pedo o el pearse.Tratado en toda regla donde se acometerá definición, contribución, división, necesidad, importancia, origen y consonancia, utilidad, escala, reglas y sinfonía, efectos y pruebas, confirmación, ejemplos y conclusión.

Aquí dejo muestra de este opúsculo -a fe mía que nunca escogí término más apropiado-. Buenas risas llegarán, supongo primera y última intención de este preclaro autor mirobrigense a reivindicar.

"Entre tanto yo mi pluma
De humilde Cisne dedico
A festejar las delicias
Del tras-poniente orificio;
Los aromas, que despide,
Y perfumes, que respiro."

"Es el pedo un aire corrompido,
Que el ano expele en condición precisa,
Trasmitiendo su efecto, más que aprisa,
Antes a la nariz, que al buen oído."

"Por la regla general
capítulo catorcero,
Todo pedo huele mal; 
Peor, si es de culo ajeno"

"Ni el respetable Papa,
Ni el Monarca en su trono, (es cosa cierta)
De esta ley no se escapa:
Y cuando el pedo llama y dice: alerta...
Obedecen y al punto abren la puerta".

"¿Dónde has oído sin asombro justo
Que al resonar el viento de la cueva
Estos sientan vergüenza, miedo o susto,
Aquellos risa, gracia y alegría
Y a unos cause placer, y a otros disgusto? "

"De nuestra airosa cuestión
El principal fundamento
Consiste en la posición
Del ano, y el excremento"

"Y en fin, es ley general,
Que todas las criaturas,
Al fullarse, huelan mal;
Y en silencio sepulcral
Dejen las nalgas a oscuras".

"Y si se enfada un tercero,
O desespera al oírme,
Le responderé altanero:
Camaradita, no quiero
Por daros gusto, podrirme."

"Lector, si no me equivoco,
El Do... natural darás,
El Re... aprentando algo el tras,
Y Mi... si cierras el foco:
El Fa... flojándolo un poco,
El Sol... con el culo abierto,
El La... con sonido incierto,
El Sí... candando el trasero:
Y si dejas un bisbero
Darás el fullón perfecto"

domingo, 16 de agosto de 2015

Loquillo en Ciudad Rodrigo, Rock and Roll Actitud


Durante mi vida he visto cientos de conciertos, pero hacía más de 25 años que no me reencontraba con Loquillo. Entonces, en la Plaza Mayor de Salamanca, transitaba uno de esos momentos clave en la historia de una vida, que durante la adolescencia son tantos, el de mi despertar cultural, también musical.

Tenía pelo, tenía tupé y amaba el rock and roll como debe ser, de forma visceral, siempre irracional. Hoy, que desapareció el tupé y hasta el pelo, hoy, que tengo muchas más palabras y conocimientos para retratar qué es la música o un concierto, se supone que mucho gané, ya que aunque mi último artículo sea sobre Lemmy Kilmister, he de reconocer que entre mis músicos favoritos se coló desde Bach a Coltrane

Loquillo viene contando qué es el rock desde siempre, primero valiéndose de la brillante lírica de Sabino Méndez, llena de la imaginería importada pero no impostada, de sus-nuestros grandes ídolos del otro lado del Atlántico. Después, ya en solitario, sirviéndose de esas letras que basculan entre la declaración y el manifiesto vital, tan marca de la casa, reclamando autenticidad en un mundo que muchos consideramos demasiado acelerado.

Loquillo ha de ser uno de los cantantes que más utiliza el término "rock" en sus letras, para mostralo orgulloso, definirlo y definirse. Para ello, el oficiante maestro de ceremonias se vale de toda la liturgia rockera, la que discurre entre lo teatral y lo circense, donde todo lo ridículo de un afectado saludo, una sonrisa sardónica o la simple forma de sujetar un micrófono distingue al bendecido del aficionado, donde brilla la estrella en la que se confundieron hace años persona y personaje.

Porque al final te sirves de rubias, martinis, cadillacs y L.A, para hablar sobre lo que siempre habla el buen arte: del paso del tiempo. Hoy, que puedo entender mejor que nunca el último verso de "Cadillac Solitario", gritado en mi Ciudad Rodrigo, trazando un íntimo círculo perfecto, hoy que puedo llegar a explicar qué es ser joven porque ya no lo soy, no soy capaz de sentir el rock como entonces porque ya no soy aquel muchacho, en el que todo su espíritu era tierra fértil para semillas. 

David, de Sabor Amargo, despedía su vibrante concierto con fúnebre contrapunto a la música que cerraba su participación, avisando del peligro de extinción del rock. Ambos sabemos que aunque el rock ciertamente hoy es un género menor, sigue atesorando el secreto de su magia, el de lo instantáneo, el que, como todo lo valioso, se ha de sentir pero no comprender, al que no le sirven las palabras por mucho que yo me siga empeñando.

viernes, 22 de mayo de 2015

Derecho a ni nombre completo





La razón de ser de la mayoría de decisiones que nuestros gobernantes adoptan hoy no es la que debiera, la definición de estrategias para el bien común, sino que muy fuera de lugar, hunden sus raíces en el mismo tiempo  en el que se promulgan, ese tiempo vacío de entidad que debiera ser circunstancia, nunca fundamento: el tiempo preelectoral.

Rebajas de tributos, nuevas ayudas o aumentos de antiguas, medidas o desactivación de medidas ya dictadas anteriormente, todo ello publicado desde tribunas no solo propiamente políticas sino también, bien alto y sin bochorno, tras la máscara institucional, tal que si todo ello resultara ajeno al inminente reparto de poder, la causa última, la causa sagrada.

En este marco, mientras transcurre,  lenta y soporífera, la dichosa y a ratos absurda campaña electoral, toca cerrar vías de agua innecesarias: el Registro Civil seguirá siendo competencia de los juzgados, no ha lugar a su traslado a los registros mercantiles.

Conforme a la hasta ayer brillante, hoy denostada, ocurrencia, todos los registros civiles que obran en  los juzgados de 1ª instancia y en los juzgados de paz, hubieran pasado a ser competencia de los registros mercantiles con lo que además de dejar de ser gratuitos, tendríamos que habernos desplazado a la capital de provincia para realizar cualquier gestión. Dejando de lado tantos frentes fácilmente atacables donde ensañarse con tan cuestionable decisión, la tomo como pie para reflexionar sobre el papel del pueblo, del mundo rural.

Supongo que es cuestión de tiempo, que la espada de Damocles continúa suspendida sobre nuestras cabezas, ya que al fin y al cabo, la nueva planta judicial amenaza en el horizonte y quién sabe si no acabaremos echando el cierre a otra puerta más, no solo la del Registro Civil, sino también la de nuestros juzgados.

Hoy todavía se puede acudir a la oficina de tu pueblo a solicitar gratuitamente una fe de nacimiento cuyos datos básicos son tu nombre y filiación, y donde en cuatro anotaciones marginales, se contará tu historia, la jurídicamente relevante, desde tu matrimonio a tu muerte. Me temo que dentro de poco, solicitar ese folio, el derecho a un papel que dé prueba de cuál es tu nombre, exija pagar dos precios: el de desplazarse y el de la tasa.

Por otra parte, existe otro tema pendiente, últimamente de mayor actualidad, una tarea que ya se acometíó en la mayor parte de Europa: la reforma de nuestro mapa municipal. Hoy también se habla de reducir pueblos, de fusionarlos o eliminarlos, de disertar sobre su eficiencia. De hecho, la última reforma de la Ley de Bases de Régimen Local maneja conceptos como los de sostenibilidad,  eficiencia o coste; una ley hecha por economistas cuyos primeros borradores adolecían de graves carencias jurídicas. Un tema delicado, en el que se deberían manejar más variables que las puramente expresables en cifras, donde hay factores  y valores no tan objetivables,  puede que los más importantes de cada vida, como la vinculación con una tierra y una historia. 

Es innegable, existe un problema y aguarda solución, y hay varias posibles, donde entraría también en el juego el papel de la administración autonómica, pero tal y como pinta el percal, parece que serán las diputaciones las agraciadas, las encargadas de tutelar el número de municipios resultante de la reforma. Ahora bien, si realmente se opta por otorgar el papel preponderante a las diputaciones, creo urgente la reforma de su método de elección para que sus diputados sean elegidos directamente por el ciudadano, ya que a día de hoy, su representatividad democrática tiene un carácter atenuado o de segundo grado, si la comparamos con la administración más cercana al vecino, la del ayuntamiento, mandatario directo de la voluntad vecinal. Situación que se presta para esas prácticas legales pero algo turbias de los dos grandes partidos, presentando candidatos por doquier sin existir vinculación alguna con los pretendidos representados de cada pueblo, solo buscando mantener cuotas de poder en la corporación provincial.

Temas de gestión, porque, al fin, el veredicto fue pronunciado  hace tiempo. Todo este mundo en diez, veinte, cincuenta  años –según el tamaño-,  será historia. Inevitablemente, por fuerza de ley o muerte natural, terminará por desaparecer  o convertirse en un mosaico de pueblos fantasmas, la mayor parte del año vacíos, sin más que sombras errantes, lugares de asueto  donde contemos ajadas historias a nuestros hijos mientras paseamos  unas vacaciones más viejos. 

Y yo me pregunto si de tanto escucharlo, no hemos interiorizado demasiado rápido el hecho de que la gente de los pueblos vivimos de una forma que no merecemos, que somos demasiado pocos, una carga para el Estado, que nuestra forma de vida tiene algo de lujo consentido, que no es sostenible para exigir unos servicios básicos en educación, transporte, sanidad o administrativos, que en cierta forma encajamos en la sentencia que de un esputo, dictó diagnóstico y solución a nuestra  crisis: vivir por encima de nuestras posibilidades.

Es evidente que no se cuida el mundo rural. Tampoco proporciona demasiados votos, y su influencia es limitada, cada día un poco más. ¿Tiene sentido batallar contra normas sobre las que nos cuentan que solo obran de notario, que solo certifican una realidad, el acta de defunción de la historia de mis ancestros? Me pregunto si el batallar no sería negar ese papel de notario para cambiarlo por el de verdugo, aquel que tiene  el poder para accionar el garrote vil, el de girar la palanca una vuelta más,  estrangulando más que nuestras vidas, nuestras esperanzas, rompiendo diques, cerrando posibilidades a nuestras familias, porque estudiar, trabajar, ir al médico o conseguir un simple papel con un sello oficial, cada día se vuelve un poco más difícil.

Llegará el día en que cada cual volverá a su pueblo poco más que en verano; volverá a ver y sentir el trozo de cielo que se alza sobre sus pies cuando están más  firmemente asentados en la tierra, la suya, una tierra condenada que lentamente se desangra, sobre la que puede que yo todavía sea capaz de arraigarme, pero que mi hija difícilmente disfrutará más que en vacaciones, cual triste parque temático de un mundo que ya no existe y se añora.

Sin embargo, me incomoda el hecho de a veces aceptar íntimamente que soy algo así como un ciudadano de segunda clase. Lo mismo que tengo derecho a una hoja con mi nombre porque soy Abel, también puedo exigir que en esa hoja figure mi nombre completo, incluido el de mi pueblo, sea Azabal o Ciudad Rodrigo. Mi razón me dice que es inevitable, pero al menos quiero amagar con unas líneas que sacudan cierta carga de culpabilidad. Porque para mí, la vida es mi vida, es hasta más vida aquí, y hay algo que olvido-olvidamos a menudo: como ciudadano, mis derechos están adheridos a mi soledad, a nuestra soledad.

viernes, 15 de mayo de 2015

10 años de media, mantener la pasión





2003. Había pocas carreras entonces, corría poca gente entonces. Los que corríamos por Ciudad Rodrigo éramos tipos raros, perfectamente identificables. Muchos no entendían por qué lo hacíamos. Hoy muchos de aquellos siguen sin entenderlo, claro, pero muchos otros, algunos más que sorprendentemente, se pasaron a nuestro bando y hoy corren a nuestro lado. Hoy  las tardes mirobrigenses se llenan de tantos corredores que ya ni yo conozco a la mayoría. Quiero creer que factor determinante en el nacimiento de esta escena atlética popular,  fue nuestra media maratón. 

¿Por qué nació la media? ¿Qué buscábamos? Tal vez la respuesta que más se ajuste a la realidad sea la de compartir una afición, más que una afición, una pasión. Pero las pasiones, en principio, positivas, tienen su lado malo. La pasión es buen combustible para comenzar, pero también arrastran un problema: distorsionan la realidad, y ahí están siempre los tozudos hechos para enfrentarse al anhelo de unos pocos.

De frente, de primeras, parece que si eres corredor, no debería resultar tan difícil organizar una carrera, al fin y al cabo conoces el mundillo, pero al final, todo es más complicado de lo que parece. En 2003 éramos 100 corredores, hoy casi 1.000, pero el problema, aunque lógicamente multiplicado, paradójicamente, viene a ser el mismo, viene a ser uno: mantener la ilusión y las ganas frente a la obstinación de unos problemas que nunca acaban de ceder o ser menos.

Es entonces cuando los pequeños reveses u obstáculos que necesariamente se han de presentar cada edición en una empresa de este tipo, pueden minar las fuerzas hasta, si existen fisuras en tu convicción, terminar  por ganar la batalla, como nos ocurrió a los Jaramugos cuando, después de cuatro ediciones, decidimos rendirnos y dejar morir nuestro proyecto.

La recuperación en 2011 fue de la mano de los conocimientos, profesionalidad y recursos de Juan Carlos y su Rincón Oeste. Poco después se incorporaron Cazahitos, a los que sí hay algo que le sobra, es la ilusión por trabajar. Y esa puede que sea la base para que un proyecto como este se mantenga en pie hoy y  por muchos años más: la ilusión y el trabajo.

La clave es engañarse y no creer que tareas rutinarias y engorrosas, lo sean, tratando de mantener en mente un ideal intacto y siempre presente, que no puede ser otro que el de  que esos cientos de corredores que han elegido nuestra carrera como su pequeño o gran reto, que han depositado su confianza en nosotros, además de sus familias y acompañantes, cumplan con sus expectativas y regresen. Y en ello estamos, aún convencidos, fuertes, y pensando ya en 2016, pendientes de si decidimos abrir la mano a más de 1.000 corredores, lo que no deja de provocar algo de vértigo. Se verá.

A continuación seguro charlaremos sobre muchos de esos problemas que nos angustiaron en el pasado o se presentan  cada año,  pero la llave para que todo el circo siga en marcha es creer que diez años después, vuelve a ser una primera edición, que se ha de levantar la carpa de nuevo, o subir el telón y anunciar que comienza la representación una vez más. Ahí deben estar  los nervios, el cabreo, el amago de decisión siempre postergada de abandonar la organización y, siempre, al final –esperemos que mañana por la tarde también-, esa cálida satisfacción que, recurrente y familiar, te vuelve a engañar para susurrarte: otro año más y me retiro.