lunes, 4 de agosto de 2014

Pregón de las Fiestas del Puente





“LA MEMORIA DE LOS VIVOS”
(Pregón de las Fiestas de verano del Puente y Huertas de las Artesa. 1 de agosto de 2014)
Buenas noches y bienvenidos a todos. Antes que nada, agradecer la confianza que la Asociación de vecinos del Puente y Huertas de la Artesa ha depositado en mí para llevar a cabo  este pregón.
            Además de honrado, me siento especialmente privilegiado y feliz de estar aquí porque a lo largo de mi vida, mis vínculos con el Barrio del Puente han sido muchos y últimamente vienen siendo más.
            Escribo mucho y un poco de todo, pero nunca he escrito un Pregón de Fiestas. Busqué modelos, más que nada por manejar la estructura o guión habitual, saber de qué se suele hablar en un pregón,  porque, a pesar de vivir en tierra de pregones, tampoco he asistido a muchos. Los resultados de mis pesquisas me confirmaron, que a grandes rasgos, aun no teniendo claro el material o tono a elegir, mi idea inicial sobre lo que quería contar, bien podría encajar. Al final traté de guiarme por  lo que determina mi carácter, por mi natural forma, a veces un tanto complicada, de expresar pensamientos o sentimientos.
  Tal y como pensaba, se tira del pasado y del recuerdo, y es algo con lo que jugaré, con casi mis principios, con casi mi primera conciencia; más tarde decidí también indagar en las vivencias de mis mayores y tratar de tejer ese hilo vital que sujeta la vida de un barrio a través de las generaciones que se suceden.
            Cuando hablamos de cultura, de  primeras pensamos en la que se aloja en  los libros o los museos, y es que ciertamente así es, eso es cultura.  Pero con frecuencia tendemos a olvidar o subestimar la cultura que atesora un pueblo en sus formas de vida más simples, las más básicas, las que se manifiestan en mucho de su quehacer diario para subsistir y enfrentarse a la realidad. Esas actitudes  son el vehículo de expresión de un espíritu, el de la relación de un pueblo con la tierra que le ha tocado en suerte, la que le hace comportarse y expresarse de una peculiar manera, la que determina muchos de sus usos y costumbres, los que tienen vocación de permanencia, perpetuándose a través del ejemplo, del habla, de  la tradición oral.

Mucho de ese patrimonio se pierde a medida que transcurre el tiempo, pedazos de nosotros mismos que, no valorándose como debiéramos, se nos van cayendo a lo largo de nuestro discurrir vital, algo de nuestra propia identidad se queda en el camino con los recuerdos que se pierden de los que van marchando para nunca volver; sin ser conscientes de que conservar algo de sus luchas y quebrantos, de sus penas y celebraciones, es conservar algo de ellos mismos, es una forma de permanecer.


 Es algo que ahora os cuento aprovechándome de vuestra atención, aquí subido, con la autoridad que da una tribuna pública, como si para mí fuera evidente, pero lo cierto es que no es tan simple. Requiere disciplina y continua capacidad de asombro olvidarme de libros y asomarme a la vida a través de los ojos de otros o de los míos propios, enfrentarme a nuestro pasado y actuar de escribano. Me hace arribar a un mundo cuya traslación al papel requiere cuidado y responsabilidad, ya que das fe de recuerdos que pueden ser comunes, pero que al mismo tiempo son íntimos e irrepetibles, valiosos como solo puede ser lo único. Eres consciente de ello porque al que revive su pasado se le ilumina la mirada, la mirada del yo mismo tratando de encontrarse, tratando de encontrarle algo de sentido a la vida. 

                        Antes de hablar con los demás, me pregunté a mí mismo y descubrí que casi mis primeras vivencias conscientes van unidas a recuerdos del Puente, recuerdos de niño, que son los mejores,  porque son diáfanos y limpios Y qué mejor recuerdo para un niño que los de navidades o veranos, las vacaciones que me traían a Ciudad Rodrigo y al Puente.

Mis padres, como tantos otros lo han sido y seguirán siendo en estas tierras maltratadas por la peor epidemia  de todas, la del desempleo o  la de la falta de libertad real para elegir el rumbo de la  propia vida, eran emigrantes y vivíamos  fuera, a casi una España entera de distancia, en Valencia. Ellos  querían volver. Me costó años entender que prescindiéramos de mejores oportunidades en otros mundos para volver aquí, a su patria, una tierra que yo aún no consideraba mía. En “Martín H”, una película argentina de Adolfo Aristarain, el personaje interpretado por Federico Luppi, cuenta que “la patria es un verso” (una palabra que en Argentina se utiliza para llamar a lo falso, a la mentira), que solo te puedes sentir parte de un barrio, no de un país entero. Me costó entender qué es el desarraigo del que marcha de su tierra y añora volver. Mis padres nacieron en Pastores y La Encina pero ellos se sienten del Puente porque aquí crecieron, aquí se formaron, y aunque vivimos en otro barrio de Ciudad Rodrigo, no les cabe sentirse de otro lugar. El puente sigue siendo su casa. Es la infancia como patria que contaba Delibes.

Algunos de mis recuerdos son los de las casas de mis abuelas. Los recuerdos más puros son los un niño porque no interpreta, si le preguntas cómo fue algo, te lo describirá tal cual, sin guardarse nada, sin camuflar intenciones. Yo le pregunto a aquel Abel niño y me responde que recuerda  el filo de la helada, aliviado bajo el peso de demasiadas mantas en una cama de tacto y olor muy diferente a las sábanas de mi madre,  y que recuerda el olor a serrín, a cisco, a mierda de gallina.

Un tierra que para mí era extraña por el frío que reinaba en la calle y que se colaba en las habitaciones, que enseñó a un niño que crecía a orillas del Mediterráneo, qué eran los guantes, la bufanda o un brasero; un niño que repetía al dictado versos de oraciones oscuras tras el confiado recitado de sus abuelas, un niño de ciudad que aún tiembla ante   la meditada y decidida excursión de madrugada al cuarto de baño del patio ,  amedrentado a su pesar, por la amenazante y fría oscuridad donde sabía, yacían un fantástico mundo de perros y gatos, o un pequeño cuarto de puerta azul tras el que se ocultaba un  repleto gallinero. 

Y horas más tarde, el despertar de película con el canto de un loco gallo mañanero, algún tiempo antes de que entrara en la habitación mi madre o mi abuela, y para empezar el día, los mejores desayunos de mi vida con mi abuelo o mi tío, yo ya impaciente y subyugado por el tentador aroma a tocino y chorizo frito; bocadillos que devoraba justo antes de reconocer los  cincuenta metros de recta que iban desde la casa de mi abuela hasta un montón de arena donde frenaba, ya que aún no sabía trazar una curva; se trataban de mis primeras pedaladas en bicicleta sobre una flamante BH que me habían regalado por la Comunión. Hoy sigo pedaleando sobre una bici mucho más bonita, ligera y cara, pero ningún espectacular descenso de  puertos en los Pirineos puede igualarse a la  exultante alegría del niño que mantiene el equilibrio sin ayuda, que por primera vez se siente independiente.

 Y los galgos del Viti, a los que no queda otra que perder el miedo, o al menos actuar como si no lo tuvieras. Atesoro una clave íntima y secreta al cruzarme con tantos perros que pasean por el puente: una palabra mágica que dicha muy alto: ¡CHUCHO!,  ejerce de escudo invisible, ya que alguien me ha dicho que si la utilizas, el perro no te hará nada. Hasta que llega un  día  en que me ofrecen la correa de un galgo gigante y me dicen que salga a pasearlo. Y ahí voy yo, serio, camino del río, sintiéndome algo impostor, cuando de pronto, el perro que  seguro ha visto algo, tira y tira de mí. No consigo sujetarlo y miro alarmado alrededor porque no sé muy bien qué hacer. Al fin y al cabo soy un niño de una ciudad  junto al mar con petardos en los bolsillos, y aquí, en un pueblo del oeste de Salamanca, nadie tiene petardos, con lo que siempre me siento algo fuera de lugar. Más tarde sabré que todos los niños a menudo se sienten fuera de lugar. Un niño descubriendo otro mundo, otra vida que aún no juzga si es mejor o peor, que aún no sabe que pronto  le tocará comparar, hacer balance, elegir. Todo eso viene  después, cuando dejas de ser niño. Por ahora me asomo a la vida, que se va convirtiendo en algo diferente,  que se va convirtiendo en “yo”.   

Aparte de mis recuerdos, también le pregunto a mis mayores y los suyos me llevan más allá de los míos, unos años atrás, justo a mi principio, justo a las frases del nervioso cortejo de una pareja que son mi padre y mi madre en un baile de las Fiestas del Puente que se celebró justo aquí, en el Toral, que años después determinaría mi existir y más de cuarenta años  más tarde,  por ende, que hoy esté aquí pronunciando el pregón de las fiestas de verano del Puente. 

Porque pensar la vida y el tiempo como concatenación de hechos que nos conducen exactamente  hasta aquí y ahora, descoloca hasta hacerme  sentir casi como el Marty McFly de “Regreso al Futuro”, cuando tras viajar al pasado, trata de conseguir que sus padres se besen en el baile de fin de curso para que años después él pueda nacer. Si en esta misma plaza, mi padre no se hubiera fijado en mi madre o ella no hubiera aceptado seguir con la absurda función cuyo atolondrado papel todos hemos representado en alguna ocasión, o durante los años venideros, algo hubiera encajado mínimamente de distinta forma, yo no existiría. 

Sin embargo, es así y fue así, pero perfectamente todo podría haberse desarrollado de otro modo. Por eso, a cuenta de escribir estas líneas, veo mis raíces más profundas y hundidas no en esta ciudad ni en este barrio, sino en esta misma plaza. Y es que a veces pensar la vida y el tiempo puede provocar algo de vértigo. 

Si le pregunto a mis padres o a la generación de los padres de mis padres, me van a llevar justo algo más allá de los principios de los que contaba, a un Puente de faz cambiada por espacios abiertos, por eras como campo de futbol en lugar de pistas de baloncesto hormigonadas, por un colegio justo aquí también, en el Toral, por rondas de vinos de fin de semana en bares atestados  por las gentes de la ciudad.

Pero cuando hablas con ellos, con los mayores, algo hay en lo que coinciden, que se desprende de cada relato y anécdota: la calle. La calle como lugar público apropiado por los vecinos donde todos comparten, donde se crea comunidad, donde no existe la opción de vivir aparte. Coser, bordar o la tarea que se tercie según la estación, son excusas para charlar, para tramar las redes de aquellas infinitas conversaciones cuyos rescoldos me llegaron a través de mis abuelas de negro, siempre sobre gente que nunca conocía, que estaba emparentada con alguien que siempre tenía un apodo y a la que una seña de identidad, suceso o episodio, habría de hacer perfectamente reconocible a todos.

De otros tiempos te llega el lado malo, que habría de ser casi todo, escenas del sucio regato repleto de heces, de olor necesariamente pestífero, de cubos con aguas de fregar arrojándose a la vía, de nubes de moscas en verano, de calles sin alcantarillado, de frías casas sin calefacción y habitaciones atestadas de niños, de ampollas en las manos recogiendo garbanzos y algarrobas en Conejera, de religión mal entendida y negras sotanas con demasiado poder,  de falta de libertad.

El río es el mismo, permanece, sigue siendo el eterno indomable al que se teme, al que hoy, en 2014 cuando nos prometieron que sería manso por siempre jamás, aún se le antoja darnos algún susto como el de esta primavera por la mala cabeza de alguno. Mis historias del río son muy distintas a las de mis mayores, las más de las veces de baños y risas o de pesca con amigos o mi tío Manel. También se escuchan risas de otros tiempos junto al río, pero junto a la evasión y diversión, convive  la despiadada obligación. Y es que el río es mucho más y mucho peor: lunes por la mañana, día de colada, donde se coloca la banca para guardar sitio en el lavadero, sea invierno o verano, en un complicado ritual que me tuvieron que explicar varias veces para llegar a la conclusión de que después del lavado inicial, dejar que la ropa se soleara sobre el suelo y regara, probablemente viniera a quedar más sucia que al principio, sin contar con que no pasaran por allí las cabras o marranos para obligar a iniciar todo  el proceso de nuevo. O el lavado de tripas entre nieblas de invierno en el acontecimiento doméstico que siempre fue la matanza, fuente de precaria abundancia. Parece fácil imaginar aquellas mañanas de heladas castellanas de antaño, rompiendo la capa de hielo del río para lavar, aguantar el dolor, y hasta yo,  acostumbrado a soportar penalidades por gusto en la montaña, no puedo llegar a asumir la terrible rutina de dolores y sabañones aliviados con algún cubo de agua caliente que se acercaba a primera hora, y que por poco rato habría de cumplir su función, o con el dulce engaño de la mezcla de vino, naranja y azúcar. 

Tras el escenario de esta dura existencia, una justa reivindicación: la de la mujer. Adivino tras todo ese mundo de familias viviendo en el filo, a la madre o la hija como piedra angular, como clave de bóveda  sobre la que se asientan esas estancias y calles repletas de niños, tirando de dónde no había para sacar adelante la vida y ahora soy capaz de encajar lo que no me cuentan: todas aquellas historias de mis abuelas sobre largos viajes en burro a Extramadura para amasar cuatro perras, historias de niñas aupadas en tajuelas para fregar en casas de ” gente bien”, o hasta asombrosas radiografías de huesos deformados y vértebras trituradas por el sobresfuerzo que exigían descomunales pesos sobre las cabeza de esas recias mujeres.  

Un dato curioso, algo anecdótico, pero que en su aparente insignificancia, puede ocultar su relevancia,  que a mí me parece explica mucho de aquellos tiempos. Cuando le pregunto a los mayores qué recuerdan de la Navidad,  nadie apenas recuerda nada, salvo que apenas se celebraba. Chan, ante mi insistencia, terminó por reconocer que una vez le regalaron una naranja por Reyes. Da que pensar ¿verdad?

Hay algo extraño: tanta penuria y miseria que cuentan y lo hacen sonriendo, con la mirada iluminada, el gesto animado. Podrías pensar que esa sonrisa viene del que ha dejado lo malo atrás y ha sobrevivido. Sin embargo, no es esa la razón. Tras cada palabra hay pasión y se vislumbra algo de una sincera añoranza difícil de explicar. Me decido a preguntarles sobre lo que a primera vista parecería absurdo y hay varias respuestas meditadas, serenas, entre tristes y portadoras de la aceptación que conlleva lo inevitable. Coinciden en el diagnóstico: “Entonces nadie teníamos nada y no había envidias” o un lacónico: “Había menos maldad”.

 A pesar de nuestras crisis y crecientes problemas, ni por asomo nos acercamos a aquella vida, y el bendito progreso sigue estando ahí, apretando pero manteniendo. Pero aquellas respuestas  me hacen preguntarme si no  perdimos algo por el camino, algo que nos hace verdaderamente humanos, si no seguimos perdiendo un poco de inocencia cada día. Conviene recordar para detenernos a reflexionar sobre ello. 

Puede que haya algo en común entre el niño y el que no tiene nada. Puede que cuando somos niños o pobres, pensemos que cada día  algo puede estar a punto de suceder y que seguro será bueno, que a pesar de todo, cada día merece celebrar. Cuando comenzamos a guardar y atesorar algo, cuando comenzamos a ser alguien a los ojos de los demás,  tenemos la misma sensación, la de que cada día puede suceder algo, pero muda la naturaleza del sentimiento, comenzamos a temer, a creer que pueda ocurrir algo malo que nos prive de lo que aferramos; surge la preocupación por que alguien nos arrebate lo nuestro. 
Este año se cumplen ochocientos años de la visita de un hombre extraordinario a nuestra ciudad, San Francisco de Asís. La excéntrica tropa franciscana inicial, adoradores de la pobreza extrema, creían que si poseían bienes le serían indispensables armas y leyes para defenderlos o el mismo San Francisco clamaba con una impactante divisa personal: “Bienaventurado el que nada espera porque de todo gozará”. No todos pueden ser tan locos o radicales, no se trata de renunciar, pero las vivencias de nuestros mayores, nos pueden enseñar a valorar en su justa medida todo lo que nos rodea, tanto lo material como sobre todo lo inmaterial, lo que no cabe tener.

Vuelvo a mis recuerdos y rememoro las mañanas en que subía  a la ciudad,  al otro Ciudad Rodrigo, el que habita algo encogido tras sus murallas. Vivir extramuros y sobre todo vivir al borde del río, es vivir diferente. Sé que es Ciudad Rodrigo, pero lo mismo que cuando era niño y subíamos a la ciudad, me parecía ir al fin del mundo, hoy que siento Ciudad Rodrigo tan mío, lo veo como algo ajeno al Puente, que se extiende río abajo con el orgullo del arrabal, con aquellos tenderos de ropa que  en tiempos poblaban el Puente,  por pobre y digna bandera, la bandera de un pueblo, más que la de una ciudad.

Aún hoy conservo la sensación de que paseo por un sitio distinto, con una personalidad propia e innegable, en cierta forma más rural, y aunque cuando hoy me siento en un banco del paseo del regato, y no veo lo mismo que cuando era niño, cuando no había banco ni paseo, y  podía pasarme horas golpeando cardos con un palo, sigo conservando la sensación de que viajo a otro lugar. Sigue pasando algún perro al que ya no tengo miedo, como en un pueblo de puertas abiertas, de gente en las calles, hoy que tendemos a encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros pisos estancos con nuestros problemas.

Algo de esa vida de pueblo que hoy también se reivindica, el sentimiento de comunidad que quizá se eche de menos en otras zonas, aquí sucede a diario, con sus peculiares rasgos, y es algo que no debería perderse.  

Pero la vida  y el camino siguen estando ahí, no se han esfumado, y en nuestra mano está no perder mucho de lo bueno de aquellos tiempos. Basta decidirse e ir a por ello, tirar de las enseñanzas de nuestros mayores, de sus penas y sentires, de sus sueños y vivencias. 

Y una forma de respeto es recuperar esa calle, abrir las puertas, volver a ese trabajo en común que asociaciones como la del Puente y las Huertas de la Artesa, plena de ganas de hacer cosas, de acometer proyectos,  que pueden ir desde  doblar el lomo limpiando el cauce del río, a no solo plantear ante nuestros políticos iniciativas para mejorar las condiciones de la vida de los vecinos, sino a ponerlas directamente en práctica, como el audaz puente sobre el río, que termine como termine su lucha con los molinos de la implacable burocracia sin rostro, permanecerá en la memoria como  otra bella historia quijotesca, digna del reconocimiento que merece el esfuerzo en común, un recuerdo que contar, puede que dentro de treinta años por otro pregonero en otro pregón.  

Otra de esas actividades es la organización de estas fiestas como motivo de reunión, de regocijo, de celebración de que estemos juntos; fiestas que a mí me toca inaugurar. Decía al principio que me encontraba muy contento de que se me hubiera confiado esta tarea, pero hay dos mujeres que hoy ya no están aquí, que marcharon el pasado año, y que hubieran sido  más felices aún,   orgullosas de ver a su nieto aquí subido. No quiero que sea una referencia triste sino alegre. Lo mismo que las ideas para escribir se encuentran  a diario a nuestro alrededor y solo basta mirar de la forma adecuada para dar con ellas, a veces también puedes dar con notas o mensajes que mismamente parece haber colocado la providencia. Cicerón es un fascinante autor romano del siglo I A.C. y  ayer, casualmente, di con una cita que me pareció especialmente adecuada para lo que yo he querido contar y con lo que quería cerrar mi intervención. “La vida de los muertos está en la memoria de los vivos”. La vida es distinta pero sigue siendo la misma, la de mis abuelas, la de mis padres, la mía, la de Abril, mi hija de cuatro meses. Una forma de conservarla es no olvidarlo, es seguir teniendo presente  a todos los que nos precedieron, como a mis abuelas, volviendo a relatar sus recuerdos, que también son nuestros recuerdos, algo de lo que yo he intentado hoy aquí.

COMIENCEN LAS FIESTAS PUES, créense nuevos recuerdos partiendo de nuestras alegrías de verano y brindemos por el futuro sin nunca olvidar nuestro pasado.

Muchas gracias.