miércoles, 1 de enero de 2014

Guitarras con farinato



El jueves y viernes de la pasada semana se celebraron sendos conciertos en el Café D´Morán, uno de blues a cargo de la banda de Edu Manazas con Marcos Coll y la final del Combate de Cantautores que se ha venido desarrollando durante las últimas semanas.  A priori, a la vuelta  de los festejos de fin de año, puede que no sean noches muy propicias para el éxito de la propuesta, pero estoy seguro de que el público, en mayor o menor medida, responderá. Y es que algo ha cambiado últimamente en Ciudad Rodrigo. Valiéndome como excusa de estos conciertos, unas palabras para reflexionar sobre la música y  para agradecer la revitalización de la oferta cultural en mi ciudad, personificando en la gente de Farinato Sound y en Juan de D´Morán, aunque seguro detrás, hay muchos más.

La música como elemento aglutinador alrededor del que gira un grupo heterogéneo de personas, toda una escena que poco a poco se ha ido construyendo en la ciudad y en cuyo asentamiento se sigue trabajando con lo más importante en cualquier viaje: pasión.  Al modo usual de cualquier escena cultural,  desde la más doméstica y diminuta, hasta las más  renombrada, el fenómeno  se retroalimenta a sí mismo –es fácil apreciarlo en el mundo del teatro en Ciudad Rodrigo-, generando nuevos adeptos,  interesados o simples curiosos que asomándose un mundo nuevo, son la savia nueva, contribuyen a que sea más fuerte, a que se puedan plantear iniciativas que por esencia, nacieron o han de nacer  débiles y necesitadas de cuidado, pero muchas de las cuales, arraigaron o arraigarán.  

Algo sí puede que haya cambiado en los últimos tiempos y no me refiero a que una iniciativa tenga más o menos éxito desde el punto de vista de la rentabilidad; hablo sobre algo más valioso, sobre la percepción que se pueda tener de la música popular, sea pop o rock -valiéndome de dos contenedores que pueden albergar vehículos de expresión muy distintos que en sentido estricto no permitirían ser abarcados por esas etiquetas, pero que para entendernos, nos sirve-. Y para hablar de ello, he de escribir sobre mi relación con este arte.

Los que me conocen saben de mi pasión por la música. Para mí es mucho más que una simple afición. Lo reconozco, tengo la cabeza atestada de datos inútiles. Lamento profundamente no haber aprendido a tocar un instrumento para entender mejor las razones del encantamiento y aunque bien sé que aún estaría a tiempo –más con la posibilidad que te ofrece ahora Farinato Sound-,  peleo en demasiados frentes, mi tiempo es mi mercancía más valiosa, mi día se ajusta al minuto para llegar a todo lo que quiero y no hay posibilidad de ampliar a nuevos horizontes.

Llegué a la música de verdad a los catorce años a través de una cinta de Springsteen que  casi abrasé en el reproductor de casetes de mis padres, y que me hizo renegar de todo lo que, desorientado, escuchaba hasta entonces. Aquellas canciones me enseñaron que la música es un cauce idóneo para contar todo lo que rodea al ser humano utilizando además una forma, unos sonidos, que  me volvían literalmente loco, como solo puede  hacerlo un adolescente.

A medida que creces, percibes la consideración que en el mundo se tiene de  la música popular como arte menor, observas esa distinción entre Alta Cultura y cultura con minúsculas, poco más que un sucedáneo con ínfulas. Sí, ahora la sociedad biempensante otorgó carta de naturaleza  a autores como Leonard Cohen , Bob Dylan o Van Morrison pero ellos, en sus comienzos, también fueron proscritos, no más que una panda de incómodos vagabundos arrastraos. El hecho mismo de acoger sus propuestas como válidas no puede resultar más que una especie de condecoración algo ridícula, ya que desde el primer día, desde el primer verso, merecieron ser valorados por lo que ofrecían, no más que en su justa medida.

Me coloco en el extremo opuesto, en el de un disco, en principio,  sin valor literario alguno, el debut de los Sex Pistols. Ese disco representa mejor que cualquier tratado económico o político los efectos de la crisis de los setenta en Europa. Es un grito de rabia, un puñetazo de una generación desnortada y perdida. Es un producto cultural de primer orden porque ante todo, es real. Lo mismo que un disco de los cincuenta de Elvis refleja el hastío vital de los acomodados chavales nacidos en los estertores de Segunda Guerra Mundial o la canción protesta del Greenwich Village a principios de los sesenta, la lucha política que se libra en el seno de la fracturada sociedad norteamericana, o un disco de Jefferson Airplane,  las ansias de una nueva forma de entender la vida o el sencillo blues encarna el imperecedero milagro de arrastrar el común lamento del corazón del hombre a través de un siglo entero. Todo son trozos de realidad.

Por eso desprecio la mayor parte de la música que se escucha en las radios comerciales, la que vertebra las listas de éxitos, que para mí carece de valor alguno. Es música prefabricada por principio, con la intervención de una corte de asesores de imagen, productores, técnicos, compositores;  un mero producto industrial a plasmar en los balances económicos de las empresas.  Al otro lado se encuentra la pequeña música de los chavales que han desfilado por el Combate de Cantautores. Independientemente de que comulgue con su propuesta estético-musical, sé que estoy en presencia de gente honesta, valiente;  músicos que puede que  alberguen la pequeña esperanza de algún día dedicarse profesionalmente a la música pero a los que en el fondo les importa una higa que jamás lo logren, ya que igualmente seguirán tocando y compartiendo, porque para ellos es un privilegio poder expresarse con su guitarra. Y eso, para mí, merece respeto.

Lo que me parece divertido es que mucha gente que desprecia el rock and roll como género menor, manejan cuatro claves interiorizadas desde niño –algo que en cierta forma se pretende implantar con la cultura que defiende esta España algo rancia-, la de valorar la Cultura con mayúsculas, la que merece estar en un museo, la más muerta que viva.  Como yo disfruto igualmente de ésta a manos llenas y con fruición, como domino y disfruto de su lenguaje,  me siento legitimado para censurar cierta actitud impostada,  porque para mí no hay dos mundos, porque el verdadero sabio siempre se siente pequeño.

Sé que es duro luchar contra los estereotipos y prejuicios de una vieja ciudad castellana, pero lo mismo que hoy  veo aceptar con naturalidad arriesgadas propuestas escénicas en la Feria de Teatro,  se puede conseguir que se acepte el pop, el blues, el rock en sus infinitas variantes, como una propuesta cultural más, valiosa en sí misma. Estos procesos se desarrollan lentamente, horadando la roca gota a gota, y así es como creo que se lo debe tomar Juan con la programación de sus conciertos o  el colectivo Farinato Sound al decidir el calendario de sus actividades, ahora que además cuentan con un local para que cualquier persona interesada puede ir a ensayar o aprender y donde se tiene el propósito de organizar actividades más allá de las propiamente relacionadas con la música, lo que da idea de sus ambiciones. Ahí están sus frutos, lo que han ido consiguiendo poco a poco, el único criterio válido para juzgarlos.

No podemos olvidar que al final se pretende ofrecer algo más en Ciudad Rodrigo, contar con nuevas posibilidades de ocio o enriquecimiento.  En el trasfondo de todo el circo de la música, solo hay una fotografía: la de un chaval encerrado en su habitación escribiendo un verso o ensayando  un acorde para intentar poner en pie el pequeño milagro que es una canción. Eso requiere esfuerzo, trabajo, determinación, ponerse en marcha y esos son valores que te servirán en la vida.  Un verso o una canción son manifestaciones, rasgos  que nos distinguen como  humanos.

Sé que  tal y como está montado el tinglado, hoy en día la sociedad solo aprecia de verdad al que consigue el éxito, pero no estaría mal que se comenzase a valorar, se felicitase al que se esfuerza, independiente de sus resultados. Lo mismo que mí me gusta el deporte o escribir, y sé que nunca seré Kilian Jornet ni que todos las líneas de mi vida valdrán lo que un párrafo de Philip Roth, nunca renunciaré a ello y aunque a menudo me cuesta ponerme a ello, lo hago porque disfruto, porque me sienta bien.  Es una afición, no le pido más. En la actividad está la recompensa. Imagino lo mismo le ocurrirá a todos los que tocan y doy fe que le sucede a los que disfrutamos de la música.  El éxito profesional es cuestión accidental.

Hoy que la juventud es objeto de absurda crítica por lo  indiscriminado de su ejercicio , también deberíamos fijarnos en todo lo bueno que hay en ella, en todo lo que nos pueden ofrecer. Para  mí aquel disco, “Born in the USA”, fue una de las puertas de entrada a mucho de lo que me define, al mundo de la cultura que viene a ser lo mío, con lo que más gozo, que me condujo a Nick Cave o Lou Reed pero también a Terrence Malick a Calvino. Hoy seguro se utilizan otras canciones como puntos de partida para llegar a muchos de los puertos a que yo arribé. El arte si está vivo no es más que abrir puertas, hacer y responder preguntas.