jueves, 30 de mayo de 2013

"Los desastres de la guerra". Exposición en el Palacio de los Águila.


Un obrero triturado al caer a una tolva de una siniestra fábrica durante la Revolución Industrial, un policía americano con el uniforme en llamas tras caer de su moto durante una manifestación de los sesenta, la "Carga de los Mamelucos" de Goya. Son algunos de mis recuerdos de niño. Son recuerdos del desasosiego que provocan las primeras imágenes de la violencia más pura en la  tierna mente de un crío. Imágenes que espantan y descolocan. Han pasado doscientos años. La vida y la violencia siguen siendo la misma. No hay diferencia entre la muerte a machetazos de un soldado en las calles de Londres o un rebelde sirio devorando el corazón de su enemigo. El horror, aplicado a su tarea, continúa representando su papel. Su efecto en un "yo" más maduro y curtido, tristemente es distinto. Es la aceptación de la derrota, de lo terrible como inevitable.

Toda la serie de "Los desastres de la guerra" que durante el verano se expone en el Palacio de los Águila de Ciudad Rodrigo  se construye, más que desde la denuncia, desde la resignación. Una rendición de la que ya dan cuenta alguno de sus amargos títulos: "Siempre sucede". "No hay remedio". "Enterrar y callar". Un ejército francés en numerosas ocasiones de espaldas, sin rostro, puede que el extremo de unas impersonales bayonetas ya que no vale la pena poner apellidos.  Es el ejército francés, es el Siglo XIX, pero bien pudo ser, bien será cualquier tiempo, cualquier lugar.

Nadie es inocente. Si la víctima torna en verdugo, la justicia no ha de ser justa cuando se encarna en tortura o descuartizamiento. Cuando la justicia consiste en ajusticiar. Mas cuando lo monstruoso es cotidiano, parece ridículo pedir desde ilustrados salones que no se vuelva a apretar el gatillo,  que ya pasó el tiempo de continuar degollando. 

Pero sí los hay que son más víctimas. Las mujeres más débiles en esas luchas, vejadas de continuo o esos niños sin futuro. Porque el futuro es quimera si sabes que la muerte ronda cada esquina, cuando la amenaza es permanente y la vida no vale una higa. Qué va a valer si asomado a tu ventana, ves carros atestados de cuerpos, perdida ya toda humanidad, transformada en poco más que kilos de carne y huesos. Esa misma muerte que ronda las calles de las ciudades de Irak donde nos parece escuchar mientras nos duchamos, que en abril murieron más de setecientas personas en atentados. 

Pero sí los hay que son más culpables. Los de siempre, los poderosos, los ricos, una Iglesia corrupta que predicando palabras de Dios, jura fidelidad al diablo. Nobles hideputas que generación tras generación, se dedican a esquilmar y asesinar al pueblo que solo es despojo. títeres de un extraño destino que retrata Goya casi esqueletos, muertos en vida.

Picasso también vio al diablo en las calles de Guernica y fusiló motivos de Goya para seguir contando lo mismo, entre el sueño y la locura de la fábula o el animal inventado. Lo mismo que hoy nos muestran reporteros en imágenes que paradójicamente, no transmiten más verdad que aquellos pintados rostros dolientes.

Causa un efecto extraño que a la exposición le acompañe la máscara de un Napoleón recién fallecido en Santa Elena. Dueño de calma y paz interior que se antoja fuera de lugar,rodeado de una muestra del horro del que asoló Europa y  del que  él fue tan responsable; como tantos otros que fueron y serán, no más que para satisfacer pueriles vanidades. Toda la pena que revienta esas dos habitaciones debería encarnarse en los fantasmas que atormentaran su descanso eterno, que hicieran quebrar en pedazos esa máscara de paz.

Hoy, 30 de mayo de 2013, los responsables del horror, en Siria o en Virginia, siguen durmiendo cada noche en paz.







domingo, 5 de mayo de 2013

Ciudad Rodrigo, Mare Tranquilitatis



Aunque periódicamente han aparecido artículos relacionados con mi ciudad en "KAMIKAZES ENAMORADOS", y aunque seguiré compartiendo los enlaces para el que le interese, he decidido que todo lo relacionado con mi ciudad se irá a un canal independiente, "CIUDAD RODRIGO, MARE TRANQUILITATIS".

"Mare Tranquilitatis", es el nombre que se le dio al paraje lunar en el  que aterrizó el módulo del Apolo XI. Ciudad Rodrigo como planeta inanimado, como asombroso e inerte decorado construido para que un privilegiado puñado de pobladores nazca y muera a la vera de sus muros.

"Mare tranquilitatis" porque durante tantos de los años más difíciles de mi vida, sus calles y sus piedras, sus noches de invierno en soledad me proporcionaron sosiego y alivio cuando más lo necesitaba, me reconfortaron de forma extraña; porque repitiendo paseos desde niño,  siempre son diferentes, llegando a preguntarme por el secreto del apego a un río o a unas formas sin vida. 

El fin del proyecto, mi declaración de intenciones será Ciudad Rodrigo  desde mi ventana. Aproximaciones a lo mío, a lo que me llega y me llena, una suerte de agenda cultural  de actualidad con convocatorias y artículos sobre las citas que me interesen y a las que pueda acudir, mas también una agenda  del pasado. Porque el milagro de Ciudad Rodrigo es su especial naturaleza, la que explica que aparte de los sucedidos, la ciudad sucede a diario desde el silencio, sin moverse. De ahí nace mi voluntad de dedicar artículos a alguno de sus emblemas o rincones más escondidos, a Historia o historias que conozco o conoceré y a las que daré mi lectura, mi criterio, mis señas de identidad, mi cuidado y esmero. El apresurado, superficial y por otra parte, lógico tratamiento de los medios al uso, no me sirve, me falta algo más y las reglas las marco yo.

En fin, una declaración de amor a mi ciudad.

Vale.