martes, 23 de agosto de 2016

Al lío


De nuevo comenzamos una de las semanas más estimulantes del año en Ciudad Rodrigo. Semana de vacaciones en la que, tras estudiar por la mañana, toca relajarse y disfrutar cada tarde para seguro econtrar vivas palabras de vida que me mostrarán, al menos por un instante, ese algo más que algunos rastreamos a cada paso. 

Después, sobre todo a partir de octubre, la vida pública de Ciudad Rodrigo en gran medida se reduce a si los toros han de venir desde más arriba o más abajo, lo que no deja de ofrecer cierto interés antropológico, no la ubicación, sino el desvelo.

Y seguiríamos con la carnavalización de la Semana Santa, que esa es otra.

Tercera Feria de Abril

Acabo con un magnífico poema de Wislawa Szymborska sobre el teatro y la vida. Hace unas semanas le pedían a Juan Goytisolo que recomendara un libro y mencionó la "Antología poética" de la nobel polaca, el volumen de la editorial Visor que yo acababa de terminar. Como para él, para mí también ha sido todo un descubrimiento - a pesar de que hace unos años ya había publicado un par de poemas en el blog-. Imposible no enamorarse de esta poeta de lo sencillo, que escribe sencillo y certero sobre lo más cercano y simple, ansiando pureza, huyendo del artificio, extrayendo la esencia de lo que a todos nos importa, siempre lo mismo. Alguien dijo que los temas siempre son los mismos, lo que cambia es su tratamiento. He aquí una forma de mirar personal y cercana capaz de atrapar algo de verdad.
 Impresiones teatrales

Para mí, lo esencial de una tragedia es el sexto acto:
el resucitar de los muertos en la batalla del escenario,
el retocar pelucas y vestuario,
el arrancar el puñal del pecho,
el quitar la soga del cuello,
el unirse en fila a los vivos
de cara al público.

Saludos individuales y colectivos:
la mano blanca en el corazón herido,
la reverencia de la suicida,
la inclinación de la cabeza cortada.

Saludos en pareja:
la ira ofrece el brazo a la mansedumbre,
la víctima mira extasiada los ojos del verdugo,
el rebelde acompaña al tirano sin rencor.

El pisotear la eternidad con la punta de un borceguí dorado.
El disipar moralejas con las alas del sombrero.
La incorregible disposición a volver a empezar a partir de mañana.
La entrada en fila india de los muertos mucho antes,
en el tercer acto, en el cuarto, en los entreactos.
El milagroso retorno de los desaparecidos sin rastro.
Pensar que entre bastidores han aguardado pacientes,
sin quitarse las vestimentas,
sin limpiarse el colorete,
me conmueve más que los monólogos de una tragedia.

Pero lo en verdad solemne es la bajada del telón
y lo que se sigue viendo por una estrecha rendija:
aquí una mano que se precipita hacia una flor,
allá, otra mano recoge la espada caída.
Y sólo entonces una tercera mano, la invisible,
cumple con su cometido:
me agarra por el cuello.



miércoles, 13 de julio de 2016

General Mackinnon, cumpliendo con su destino




Para los aficionados a la historia, los documentos escritos por los propios protagonistas de los sucesos históricos, sean más o menos relevantes los hechos o los personajes, tienen aparte de un valor científico innegable, un atractivo especial, el de la historia misma, el mágico encanto de casi escuchar el rumor de la pluma deslizándose por el papel muchos años ha.

Dentro de estos documentos, existe una categoría especial: la de  los diarios de guerra de soldados, en los que al final se aprecia la fortuna de hombres traspasados por unas circunstancias que les superan.

Las líneas de los soldados participantes en la Guerra de la Independencia suelen mostrar un rasgo común: el de la decepción ante un país muy lejos de la imagen que tenían en mente, la de una España llena de tópicos, idea romántica por definición alejada de la realidad, así como la percepción del contraste de una pobres tierras encadenadas a pasadas glorias aún no olvidadas.

El diario de Mc Kinnon trata de forma marginal el asunto militar para convertirse más en un cuaderno de viajes muy al estilo en la época, el de un viajero, hombre ilustrado que entiende el viaje como  forma de aprendizaje y conocimiento a través de unas tierras y vidas muy diferentes a las suya.

Miembro de la Guardia Real, el regimiento más antiguo del ejército británico,  es curioso que su inicial formación castrense se desarrollara en Francia donde tuvo contacto con el entonces teniente Napoleón Bonaparte.

En aquella época el destino de un oficial del ejército era el de ascender, manteniendo a salvo y acreditando en todo momento su honor, dignidad y valor. Esa clara línea se seguía a lo largo de toda una vida que no sería extraño encontrara su fin en una muerte prematura, o más bien lógica, teniendo en cuenta lo arriesgado de su profesión y pasión.

Allá en Inglaterra, la esposa de Mackinnon plantaba un laurel por cada acción de guerra y él le advertía que al final plantaría un ciprés. Efectivamente así sucedió tras su muerte en el sitio de Ciudad Rodrigo el 19 de enero de 1812, para ser enterrado en un principio en una fosa común en la muralla y ser trasladado posteriormente a Espeja donde se asentaba el campamento de su unidad.

Este diario fue publicado en beneficio de su familia, esposa y cinco hijos, práctica habitual en aquellos tiempos. Escritos que  relatan la peripecia del ejército británico desde su desembarco en la desembocadura del río Mondego en abril de 1809, hasta su muerte, transcurriendo más en Portugal que en España. Sus palabras son las de un hombre culto, que además ha viajado gracias a sus campañas en Egipto, Italia o Alemania, fascinado por el arte y la cultura. 

Probablemente el que el aspecto militar de un alto oficial con importantes responsabilidades en el conflicto discurra realmente en un segundo plano, sea motivo de decepción para los numerosos interesados en el género. Sin embargo, para mí, todas esas anotaciones sobre la forma de vida en España y Portugal, lo convierten en instrumento especialmente valioso e interesante, fidedigno retrato de aquella sociedad.  

Un aspecto destacable del libro es cómo retrata de primera mano a otros personajes fundamentales en el desarrollo del conflicto como el valeroso General Crawfurd, siempre en vanguardia con su caballería ligera, también unido a esta ciudad para siempre por haber muerto el mismo día que Mackinnon y estar enterrado en la brecha pequeña de la muralla, junto a la puerta de Amayuelas.

Y por supuesto el principal de todo el teatro europeo junto al pequeño gran francés: Lord Wesley, al que Mackinnon, visionario, describe con estas palabras tras un combate en el norte de Portugal “Me encontraba junto a él, a sus órdenes, cuando se inició el ataque. Debo decir que emitió las órdenes pertinentes con total frialdad y determinación. Solo por su actuación ese día puedo atreverme a afirmar que es un hombre extraordinariamente inteligente. Su conducta en esta campaña lo convierte en una de los mejores generales británicos de nuestro tiempo”. A través del juicio de Mackinnon, el futuro Duque de Wellington se muestra a nuestros ojos con la talla del elegido, el que encarnará la perfecta némesis que destruirá el torrencial y apasionado genio de Napoleón, el que desde su contención, capacidad de análisis e inteligencia provocará su derrota definitiva años después en Waterloo.

Porque Mackinnon es certero en sus análisis, es un gran observador, un ilustrado humanista al que sobre todo le interesa la vida, poniendo su atención en la tierra y los campos que atraviesa durante las largas marchas del ejército, hablando sobre costumbres como la trashumancia o el proceso de elaboración de aceite, reconociendo la calidad de los vinos, la riqueza de la tierra, pero sobre todo las posibilidades desaprovechadas, por ejemplo llamando la atención sobre la necesidad de un canal o un puerto. El idealista se rebela y resigna a la vez: y le hace uno recordar que la mayor parte de la humanidad vive una noche larga y oscura, y que son  pocos los que disfrutan de la luz del día.” 

También Mackinnon es un buen espejo para apreciar al detalle costumbres de la época como la para él ya desfasada de empolvarse el pelo en Portugal, la facilidad con que los oficiales reciben “favores generosamente entregados por las señoritas de la alta sociedad española”, el hecho de que no haya visto nada parecido a un paseo en ninguna ciudad ni lugares de esparcimiento en cafeterías o tabernas; sí cantinas de limonada frecuentadas por todas las clases sociales. Tanto en las posadas de España como en las de Portugal no se sirve comida.

Disfruta con las bibliotecas de las casas en las que se aloja y admira profundamente lugares de especial interés histórico o artístico como la Universidad de Coimbra, Monasterios como Batalha o las ruinas romanas de Conimbriga –que yo precisamente he visitado hace unos días-.

Varias veces critica a la clase dirigente portuguesa, poniendo la atención en la corte corrupta y disoluta de Lisboa, siempre contraponiéndola al pueblo, buen vasallo: “Ningún otro pueblo que sea moralmente más puro que el portugués que vive en el campo”. Solo conozco superficialmente la historia de Portugal, pero dudo mucho que se llegara a las cotas de miseria y desvergüenza alcanzadas por los que regían nuestros destinos entonces, sí, esos mismos por cuyo regreso nuestra gente mató y murió sin medida.

Un capítulo especial, fuente de múltiples comentarios afilados, es la crítica al poder e influencia desmedida de la Iglesia en nuestros países, fuente del sometimiento e ignorancia, atraso y miseria de todo un pueblo. Lacra que nos perseguía con una Contrarreforma mal planteada y comprendida, y que todavía habría de durar muchos años más:
  “Soberbia, opresión y la falsa caridad de una clase clerical intolerante y perezosa”.
 En Castelo Branco: “El que compare la magnificencia de la residencia episcopal con el paisaje que se extiende a su vista, estará tentado de decir que este inmenso desierto fue creado por la clase dirigente”
“Como suele ocurrir, todo lo que tiene buen aspecto pertenece a la Iglesia”.
“Me parece que los frailes llevan una vida de total indolencia, sin nada que hacer salvo rezar, comer, beber y dormir”.
Monasterio como índice de riqueza de la zona: “Una provincia pobre portuguesa es raro que sufra los inconvenientes provocados por estos visitantes”.

Continúo el artículo situando el foco en el aspecto a priori más interesante para la mayoría que guste de estos libros, el puramente militar:
Participante en batallas relevantes como Talavera (28 de julio de 1809), donde la fortuna le sonrió de veras, ya que  le mataron dos caballos y recibió varios balazos en el capote,  Buçaco (27/9/10) o Fuentes de Oñoro (3-5/5/1811), importante batalla esta última, de las de resultado incierto, cuyas páginas manuscritas con su relato debieron existir pero que lamentablemente no nos han llegado.

Sí describe las marchas de kilómetros y horas a lo largo de todo el libro con lo que te haces perfecta idea de  a qué velocidad se desplazaba un gran ejército de estas características, algo clave en la resolución de los conflictos. Columnas que son seguidas por todo tipo de personas que trataban de hacer negocio, ganarse la vida,  los “camp-followers”: esposas, niños, artesanos, prostitutas o mendigos.

Quizá los párrafos que definen verdaderamente la talla del protagonista son los que dan fe de su sensibilidad y analizan los efectos de su oficio,  la guerra, que en modo alguno, a pesar de habituales, le son indiferentes.

La táctica de tierra quemada que se adopta especialmente en Portugal, abandonando poblaciones a ocupar por el francés para dejarlo sin recursos, unido a la rapiña de soldados y hasta de los propios aprovechados que pacen a la sombra de cualquier tragedia colectiva,  provocan la destrucción casi completa después de tantos años de guerra. A la luz de sus palabras, de la descripción de las escenas de hace doscientos años, eres consciente de que poco ha cambiado respecto a las que vemos cada día en nuestros telediarios.
“Cuando le pregunto a la gente por qué no cultiva nada, me contestan que lo harían si no fuera por los soldados”.
“Nunca ningún otro país (Portugal), ha sufrido los desastres de la guerra como lo está sufriendo este por el que los ejércitos inglés y portugués se retiran lentamente perseguidos por el aún si cabe más destructivo ejército francés. Ni toda la disciplina de las tropas mejor entrenadas puede impedir los desmanes cometidos por los soldados en desbandada, por los civiles que siguen al ejército y por los hombres empleados en los transportes de provisiones”.
“Había sobre todo mujeres y niños. Confían en que podamos liberar a su país del invasor. Su mayor temor es caer en manos de los franceses. Ver a toda esta masa de gente, ignorante al respecto de cuál será su destino, privada de las comodidades de su hogar y sin saber si sus casas seguían en pie, hizo que este encuentro fuera de lo más conmovedor. En otras ocasiones he tenido encuentros parecidos, pero sigue conmoviéndome. Tal es el destino del soldado en la guerra: ser testigo de la miseria de la condición humana, que se muestra de una forma u otra, y que no deja de presentarse ante su vista”.

A medida que leía, que escuchaba su voz, me preguntaba qué hubiera pensado del terrible y sangriento saqueo que las tropas inglesas llevaron a cabo en nuestra ciudad, teóricamente aliada, tras ser tomada el día que él murió y tal vez me responda sin quererlo cuando habla de los males de la indisciplina:
“La falta de disciplina y de reglamentos en un ejército pueden contribuir a su derrota mucho más de lo que pueden suponer los que no conocen los asuntos de guerra”. “ Si las tropas están en un país que lleva largo tiempo sufriendo los rigores de la guerra, cuyos recursos están agotados, cuyas autoridades han huido perdiendo todo el respeto de sus súbditos, es lógico que las partidas encargadas del suministro de los soldados no estén organizadas como se debe y que, invariablemente, y siguiendo las órdenes de los oficiales, las puertas, las ventanas, los suelos y finalmente los tejados de las casas terminen siendo empleados como combustible para las hogueras (…) y echar mano a todo lo que les venga en gana. ¿Cuáles serán las consecuencias de ese comportamiento? Pues que los recursos que deberían durar meses se consumirán en pocos días; los soldados, alojados en las ruinas de esas casas que ellos mismos han destruido contraerán enfermedades que causarán la muerte de muchos y dejarán inútiles a otros tantos. Como el forraje se habrá consumido de forma irresponsable, los animales destinados al transporte de las provisiones y los bagajes se morirán de hambre y el ejército, privado de lo imprescindible, y hostigado por las enfermedades causadas por las privaciones sufridas se verá obligado a desistir de la consecución de su objetivo y a retirarse a un nuevo territorio que sufrirá, a partir de ese momento, la devastación provocada por los soldados.”

Para acabar, cuando escribe específicamente sobre España y los españoles, no salimos bien parados. Sin embargo, sí admira a los portugueses. Y es que los oficiales castellanos, a diferencia de los lusos que se integran dóciles, no aceptan la superioridad de los británicos cara a la consecución del fin común que todos persiguen: la derrota y expulsión de Napoleón.

Ya los problemas de “comunicación” de Welington con el general Cuesta en la victoria de Talavera, hacen desconfiar al inglés del ejército español. Ahí surge una de nuestras señas de identidad, para bien y para mal: el orgullo; el de un país que se cree más de lo que es, al que también hay que reconocer como poderoso motivo para que España se convirtiera en la ´´úlcera sangrante”  que recuerda Napoleón en su memorial de Santa Elena, clave en su derrota final. Ese tesón y fuerza mal encauzados que tanto gusta cantar a  Pérez Reverte. 

Nuestro general también critica las condiciones en que los españoles mantienen a los prisioneros franceses en el fuerte de Aldea; incluso intenta mediar por ellos, pero el capitán español contesta que no importa si viven o mueren. Mackinnon, resignado, acaba con un lacónico: “Creo que, si no se lo impidieran, ejecutarían a todos”.

Durante la retirada del Talavera, los alcaldes españoles les reciben con hostilidad. “Los paisanos trataron a los desafortunados hombres que habían venido a salvar a España con una terrible falta de humanidad y un gran desprecio, así que muchas veces me vi obligado a emplear la violencia para impedir que mis hombres murieran de hambre. ¿Puede esto deberse a la propia naturaleza de esta tierra, que desconfía totalmente de los extranjeros, lo que hacen que traten de la misma manera a los ingleses que a los franceses?”

La última anotación del diario es de 4 de enero de 1812, justo antes de comenzar el asedio, tras una marcha especialmente penosa en que el frío causó más bajas que el enemigo. El general termina con estas palabras: “Esta sí que se puede denominar una campaña severa. Espero que nos veamos recompensados con una rápida rendición de la ciudad”.  La ciudad cayó el día de San Sebastián, rendición que él ya no presenció.

La noche del gélido 19 de enero de 1812,  varios soldados escucharon sus últimas palabras justo antes de acometer el asalto final a la muralla:

“¡Vamos, Beresford, eres un tipo valiente, iremos juntos!”. 

Después, una gran explosión lo silenció para siempre, también al alférez Beresford, enterrado hoy frente a la Pousada de Almeida.

Final entre literario y cinematográfico para una historia sin fin, la que hoy leo en un libro que siendo un regalo –gracias, José-, es un verdadero lujo para un entusiasta de los libros – gran formato en edición bilingüe e ilustraciones de Jerónimo Prieto-, y que toca seguir compartiendo para que las voces situados en el lado bueno de la Historia –sean de uno u otro bando-, no se dejen de escuchar.

miércoles, 13 de enero de 2016

Diecinueve amigos frente a la realidad




Llevaba un par de años con ganas de dedicarle unas palabras a los Reyes Magos y a los Amigos de la ilusión.  Aunque siempre intento cuidar todo lo que escribo, este artículo y el tema que lo inspira son  importantes para mí, por lo que me gustaría utilizar las palabras con la suficiente pericia para que lo que cuente se ajuste a lo que pretendo.  “Poético y preciso”. Poético en palabras que sirvan como ladrillos de tiempo para construir un puente hacia mi infancia, camino reconocible para cualquiera, ya que todos atesoramos aquella patria especial donde en algún momento buscamos reconciliarnos con nosotros mismos. Preciso en palabras que sirvan como justo y ajustado reconocimiento a unas personas que especialmente lo merecen por la exigente tarea que acometen cada año. Hay muchos mirobrigenses que les dan las gracias de distintas formas, incluso llevándoles la cena; bien, esta es la mía.

A pesar de la reciente polémica a cuenta de las cabalgatas, excusa para otro disparatado debate político  más, creo que se podría decir que la celebración de los Reyes Magos es el único tema sobre el que todos nos ponemos de acuerdo, independientemente de ideologías o sensibilidades, ciñéndonos al hecho de que todos participamos en el mantenimiento de la magia de un día especial, incluidos los medios de comunicación de todo pelaje que cuidan de  ni siquiera enseñar la patita de la realidad, difundiendo noticias que hablan del viaje y llegada de los reyes o su próxima o reciente visita a los hogares, sin que nunca se adivine su verdadera identidad. Una especie de gran conspiración de nobles intenciones compartidas por todos. También puede ser que yo sea de la vieja escuela, ande algo desconectado del mundo real y esta norma no escrita se comience a difuminar, lo que unido a la cada vez más precoz chavalería, nos coloque al borde un mundo nuevo al que yo no acabo de verle el lado bueno, como a tantas otras cosas. Aunque en estos tiempos a menudo me encuentro con una pequeña niña entre mis brazos, lo que evidentemente acusa el fenómeno, mi devoción ya estaba ahí, la de un integrista seguidor de los Reyes Mayos vigilante de la ortodoxia.

El trabajo de los Amigos  de la ilusión se reduce a una frase: preparar la llegada de una noche, siempre la misma, la del cinco de enero; una noche que comienza con el estruendo de un cohete estallando a las seis y media de la tarde en un cielo ya precipitado sin remedio hacia la oscuridad; una noche en la que a miles de personas de talla pequeña, de gran corazón y mirada infinita, se les espesa el tiempo por lo que la han esperado, por el milagro de unos extraños Reyes Magos aupados a brillantes carrozas, por un removerse entre sábanas sin poder dormir, deseando que el tiempo, en lugar de arrastrarse perezosamente, vuele veloz hacia el amanecer.

La tarea es ardua pero no imposible, la de seguir intentando mantener la magia. Se trabaja con material sensible e invisible, el de la ilusión. Todos crecemos pero por qué se ha de perder, por qué no iluminar una noche en la que una ciudad algo encantada con  calles propicias para ello, el marco idóneo con palacios y murallas, es ideal escenario de cuento para acoger  reyes y castillos.

Toda historia tiene un principio, y esa historia comienza en 1970, tres meses después de que yo naciera, lo que no puedo negar que da suelta a mi imaginación; pensar o querer creer que tal vez yo pudiera haber asistido a mi/su primera cabalgata, donde ya se comenzara a forjar este extraño vínculo que me persigue y disfruto al final de cada Navidad.

Pero antes de nuestra historia hubo otra, que se puede considerar la misma u otra distinta, a gusto de cada cual, con germen en una emisión de radio y una alocada decisión en un año que ahora se antoja lejano y, por ello, de más mérito: 1959, en el que tres reyes, Melchor, Gaspar y Baltasar o Carlos Cardona, Sertorio González y José Arroyo, pasean a caballo por las mismas calles de 2016, en una estampa con innegable toque berlanguiano, entre tierno y jocoso.

La historia de los Amigos de la ilusión es algo de la historia de España, la que va desde un seat 600 a las modernas plataformas de hoy, la que se refleja en la diferente  naturaleza de los problemas y su solución, la de un pinchazo de rueda casi imposible de reparar bajo el blindado andamiaje de una carroza allá en los principios hasta el funcionamiento de unos faros led hace una semana. Una historia que más tarde viaja en un seat 127 o en un jeep amarillo desplazándose una fría noche de invierno con los tres reyes a bordo en la comprometida y vital misión de visitar a los niños de los pueblos de la comarca. 

Es la evolución de unos vehículos siempre dignos, acorde a sus tiempos,  que aseguraran su cometido principal: la visita de los Reyes Magos a los niños de Ciudad Rodrigo cada Navidad.  Ya después de la cabalgata y la recepción, valiéndose ya de fantásticos trucos de magos, moverse veloces  para repartir los regalos que cada niño había pedido en su casa. Y las soluciones para aquellos vehículos tuvieron que pasar de un armazón metálico que se ajustaba a un modelo concreto de coche que se guardaba de año a año, a listones de madera armados y desarmados para luego quemarse, hasta llegar a los nuevos materiales, espumillón y poliespán, trabajados con herramientas adecuadas de propia elaboración, y al fin los volúmenes de los últimos años, más perfeccionados y expresivos, en las espectaculares carrozas actuales.

Esa historia llega hasta hoy, en la que los Amigos de la ilusión, asociación sin ánimo de lucro con estatutos, claro, que no quiero leer, que prefiero imaginar con grandes caracteres de cuento con un artículo relativo a  sus peculiares fines: recuperar y mantener la fantasía intacta, por qué no.

Y es hora de bajar al suelo y descubrir que tras ese montón de párrafos algo etéreos y abstractos, estas gentes desempeñan una labor seria y oscura encadenada en muchas noches de invierno que detallo para que nos pongamos en su lugar, para que si no tenemos la voluntad de ponernos en su lugar, al menos se lo reconozcamos y agradezcamos como se debe. Tras esa deconstrucción de la realidad que por una noche sucede en Ciudad Rodrigo,  se ocultan grandes dosis de dura realidad.

Últimos días de noviembre de siete de la tarde a diez de la noche; desde diciembre, de ocho a doce de la noche en una fría nave municipal, cambiándose la dinámica algo precipitada y arrebatada de aquellos años en que se comenzaba el 22 de diciembre y en jornadas intensivas se completaba el empeño, casi con alguna noche previa entera de faena. Repito, póngase en su lugar. Sí, hubo, hay y habrá colaboradores puntuales, como los Reyes, a los que se les exige ayudar el año en que participan, además de reunir ciertas condiciones, digamos “espirituales”, relativas a responsabilidad y seriedad. Pero el grueso lo forman diecinueve personas: dieciocho hombres y una mujer, diecinueve tipos duros. 

El trabajo completo termina la tarde del sábado siguiente a la cabalgata, cuando se recogen y se guardan los trastos y achiperres hasta el próximo año, cuando, ya en octubre, toque volver a reunirse para decidir el tema del próximo desfile  mediante la aportación de propuestas que serán decididas en votación. La idea elegida será materializada mediante la elaboración de una pequeña y preciosa maqueta –un peculiar pequeño tesoro- que dará fe de su viabilidad al comprobarse a escala el paso en puntos estrechos, su altura en la bóveda o los  giros en los puntos comprometidos del recorrido. 

Entonces, aparte de las lógicas tareas en común, cada uno se dedicará a lo suyo para lograr mayor eficacia y celeridad; división de áreas o trabajos, enfilados de año a año, entre mecánicos, electricistas, escayolistas, dirección de cabalgata y más, en la que se tratan de cuidar todos los detalles, ser profesional, incluso en la elección de los trajes de los Reyes Magos, encargado a una prestigiosa marca.

Hasta que llega la fecha, la de la gran cabalgata, con la previa del cartero unos días antes y que aquella mañana comienza con el montaje del trono real en los bajos del Ayuntamiento. Se sigue con la recepción a los Reyes, la asistencia para vestirlos de gala, acompañarlos en sus visitas a las residencias de mayores y finalmente llegar a la hora prevista, la de siempre, las seis y media, a sus carrozas para comenzar el recorrido. Después la atención y cariño personal a los nerviosos e ilusionados niños en el Ayuntamiento y finalmente visitar los domicilios que lo soliciten. Hubo tiempos en que se terminaba muy tarde, hasta las cinco de la mañana, pero hoy se acaba en torno a las doce y media de la noche.

Durante la cabalgata, el suceso clave, un recorrido en el que Ciudad Rodrigo entero está en las calles, con multitud de niños en los márgenes del trayecto, donde tanto puede pasar y donde tantas cosas pueden salir mal y algunos años salieron casi mal, como aquel amago de intoxicación de un conductor o aquella carroza echando a arder. Nervios, responsabilidad y trabajo, mucho trabajo, como armas para intentar adelantarse a los problemas y el inevitable parchear que es la organización de cualquier acto con tanto público, siempre tan delicado, y donde aportan muchas otras personas imprescindibles, uniformadas o no,  personas y agrupaciones que proporcionan algo más de color y vistosidad a la gran fiesta.

La tensión cede cuando al final, desde el balcón del Ayuntamiento, se admira y sobre todo se escucha una Plaza Mayor atestada. Un clamor que se ha ido desplazando a través de las calles de Ciudad Rodrigo al ritmo de las carrozas durante casi dos horas hasta llegar aquí; el sonido de niños a voz en grito, o la luz de las miradas de otros algo más pequeños que quieren comenzar a entender este extraño mundo pero que no son capaces de articular respuesta alguna más allá de sus ojos extrañamente iluminados. Entonces, desde ahí arriba se piensa si no es absurdo preguntarse si merece o no la pena tanto trabajo y algún mal rato. Entonces toca despedirse hasta  el año siguiente.

Insisto en lo peculiar de su labor, la de operar con material  delicado e inestable que requiere trabajo y cuidado especial, el material de los sueños y la ilusión. Trabajar para luchar contra dos realidades casi incuestionables para la mayoría: la de que nadie da o trabaja a cambio de nada material y contante,  y la de que no existe la magia.

 Y ellos se pone a la tarea cada año con ganas y pasión, la de  la colocación de cargas que obrarán la demolición controlada de la realidad, usando como detonador el sonido de un cohete lanzado a la noche de cada cinco de enero. Y ellos, ejemplo de colaboración y compromiso, los artificieros, los técnicos en el manejo de explosivos, tienen un nombre que se merece escribir para terminar el artículo: Arturo, Miguel, Julio, Julete, Darío, Sertorio, Isidro, Marga , Juan Antonio , Tino , Daniel , Madro , Vicente , Rober , Antonio , Jesús , Fernando , Angel y Emilio.

domingo, 3 de enero de 2016

"De Austerlitz a Ciudad Rodrigo (1805-1812)"





Artículo redactado con motivo de la publicación de la segunda edición ampliada de “De Austerlitz a Ciudad Rodrigo (1805-1812)” de Carlos Bravo Guerreira.

Casi todos  los mirobrigenses sabemos que en el Arco del Triunfo de París, construido para conmemorar la victoria de Napoleón en Austerlitz, hay una inscripción con el nombre de nuestra ciudad. Casi todos podrían contar algo sobre el papel de Ciudad Rodrigo en las guerras napoleónicas, aunque probablemente la mayoría de aportaciones  fueran parciales, aproximadas o inexactas.
He aquí un libro que bien podría servir de fácil puerta de entrada a un conocimiento rico y riguroso sobre el papel de nuestro pueblo en la contienda. 

El libro no es un ensayo o libro de Historia sino una novela histórica. Aunque leí muchos libros del género cuando era chaval y lo considero una perfecta vía para iniciarse tanto en la lectura como en la pasión por la Historia, ahora transito terrenos más áridos o aburridos, ya que  tengo problemas en mi relación con la historia novelada, los mismos que expresan mejor que yo dos autores en sendas novelas históricas sui generis, Emmanuelle Carrère y Laurent Binet en “El reino” y en “HHhH” respectivamente, dos de los mejores libros que he leído últimamente, por otra parte. Ellos creen que es casi imposible construir la voz de personajes de otro tiempo con nuestras palabras, fruto de una mentalidad e idiosincrasia muy distintas; que por mucho que estudiemos la época, siempre habrá algo forzado o impostado en su forma de enfrentarse y contar otros tiempos. Por eso en estos libros que mencionaba, el autor aparece continuamente como tal para expresar sus escrúpulos e inseguridades al describir episodios sobre los primeros tiempos del Cristianismo o Heydrich, el jefe de la Oficina Central Seguridad del Reich.

Sin embargo, la mayoría de lectores no suele tener este tipo de problemas en forma de sensibilidad acusada algo enferma, considerando por otra parte que “De Austerlitz a Ciudad Rodrigo” es una estupenda forma de acercarse a nuestra historia además de a una época crucial en la Historia, la de la incipiente construcción del nuevo mundo que se avecinaba tras la publicación de los  valores de la Ilustración y la Revolución Francesa, a punto de poner punto final al Antiguo Régimen. 
 

 
Hasta ahora me he centrado en Ciudad Rodrigo porque aparece en el título y  porque soy mirobrigense, pero el libro trata de mucho más. Valiéndose de la figura de un oficial francés, Charles Lasalle, se describirá la lenta agonía de las tropas francesas en la península ibérica, casi seis años de ocupación y cinco de guerra, durante los cuales La Grande Armée se convertirá en bastante menos grande, achicando su fuerza, prestigio y leyenda hasta el descalabro final de la campaña de Rusia finiquitada de mala manera a finales de 1812 con unas bajas inasumibles, a la espera del epílogo de Waterloo, tres años después.

El mejor análisis, el balance de la aventura en la península ibérica lo deja escrito para la posteridad su propio artífice, el Emperador, que ya en el exilio de Santa Elena, a la espera de la muerte, escribe:
«Todas las circunstancias de mis desastres vienen a vincularse con este nudo fatal; la guerra de España destruyó mi reputación en Europa, enmarañó mis dificultades, y abrió una escuela para los soldados ingleses. Fui yo quien formó al ejército británico en la Península».

Eso es el libro, algo del retrato de la “úlcera sangrante española”, escalonado en las tres invasiones de Portugal, fracasadas una tras otra, al mando de Junot (1807), Soult (1809) y Massena (1810), situada en el marco general de nuestra Guerra de la Independencia, Guerra Peninsular para los ingleses.

La obra es una ventana idónea para asomarse a lo que ocurrió a nuestro alrededor hace doscientos años, para que cuando visitemos parajes o emplazamientos como el fuerte de la Concepción de Aldea del Obispo,  Almeida y el puente sobre el río Côa, el puente de los Franceses junto a San Felices, la Cañada Real a su paso por Bodón, Fuentes de Oñoro, Arapiles o simplemente caminemos por las calles de nuestra ciudad, lugar importante desde 1808 a 1812,  veamos, además de los combates o batallas que se desencadenaron, también los hechos que condujeron a ellos o sus consecuencias. Una novela  poblada de personajes históricos de primer orden, vistos a través de los ojos de un oficial francés lleno de dudas a pesar de su brillante carrera militar.

Como decía antes, a pesar de ser la novela una vía ligera, la considero rigurosa en la exposición de los hechos puramente históricos, teniendo en cuenta la condición del autor, Carlos Bravo Guerreira, General de Caballería, hoy en el retiro, además de psicólogo, en el que, aun no conociéndolo, seguro se aúnan durante su vida,  pasión y profesión. De ahí la exhaustiva descripción de la organización interna del ejército durante aquella época, con especial atención al caballo, entonces arma de guerra fundamental, de su armamento, de  la cadena de mando entre las unidades, de la táctica y estrategia, de sus movimientos en combate y otros que parecen menos importantes pero son fundamentales para ganar cualquier guerra, de la logística e intendencia. Cuando mi suegro ve la bala de la guerra que tengo, siempre comenta que cómo vendría de tan lejos tanta gente por aquellos caminos, que debió ser un lío del demonio. Ese comentario es más lúcido de lo que parece a primera vista, porque se fija en una de las claves de su desenlace, ya que una de las más importantes razones del fracaso del ejército francés en la península fue el descuidado sistema de abastecimiento, además de las intrigas, indisciplina y divisiones internas entre los altos mandos. 

Libro centrado en el mundo de la alta oficialidad, que nos pone en contacto con los centros de poder,  cuyo oficio es la guerra que, a pesar de despiadada y cruel, se ajusta a unas reglas, a mí parecer algo en contraste con la guerra real, que siempre ha sido y será la brutalmente retratada por un cronista de excepción en la época: Goya. Un mundo, una Europa al borde de la transformación en algo distinto, aunque aquí tocó penar muchos años más por la maldita suerte de sufrir uno de los peores gobernantes de nuestra Historia, el miserable rey felón de infausto nombre. Ese mundo que conecta cultura griega, el orden romano y la moral cristiana que decía Pessoa, además del Humanismo renacentista y las luces de la Ilustración, para producir como fruto nuestra civilización, casi todo lo que somos hoy como sociedad y que a menudo no valoramos lo suficiente.

Al mundo estrictamente militar, también se le  unen trazos más gruesos sobre política, sociedad y economía, donde convive el afrancesado con el guerrillero, o las por ejemplo  curiosas protestas de la opinión pública inglesa contra el mantenimiento de tropas en Portugal por el desmedido coste, lo que parece no alejarnos demasiado de conflictos recientes o por venir, o los precios de las materias primas y evolución de los mercados, lo que da fe de las muchas horas del trabajo del autor para dar una visión más ajustada de la realidad.

La edición fue recientemente ampliada incluyéndose la decisiva batalla de Arapiles en julio de 1812, desastre el ejército napoleónico que acaba definitivamente con sus esperanzas de salir con bien de su expedición tras los Pirineos, y que creo cierra de forma más propia y natural el libro. 

Además se adjuntan láminas, planos y retratos de emplazamientos, batallas o personajes especialmente relevantes de gran utilidad, que ayudan a comprender la información aportada.

Aunque supongo se podrá encontrar en cualquier librería de Ciudad Rodrigo, la segunda edición –la primera era de la Diputación de Salamanca-, ha sido publicada en Artgerust Editores.  

Antes comentaba que no conocía al autor, Carlos Bravo Guerreira. Efectivamente así es; sin embargo, tenemos pendiente una próxima cita en primavera, a fe mía algo novelesca, en el fuerte del pueblo donde nació, en la “Estrella de poniente”. Qué mejor lugar para conocer a un general.